3 de Noviembre de 1820
Al recibir la noticia de que Guayaquil fue liberado el 9 de octubre, un grupo de patriotas cuencanos concibieron un plan para reunir un Cabildo abierto y jurar en él, la independencia de Cuenca. Las primeras iniciativas tomadas por Tomás Ordóñez, fallaron cuando un grupo de patriotas fue reprimido en la Plaza Central.
No llegándose a concretar esta primera tentativa, los patriotas decidieron conversar directamente con la principal autoridad de la cuidad, el gobernador de la provincia de Cuenca, Antonio Díaz Cruzado, manifestándole que, como Guayaquil había obtenido ya la independencia, la de Cuenca sería un hecho en los días próximos, a lo cual el gobernador accedió apoyando a los patriotas. Sin embargo, momentos antes de entregar el cuartel o Plaza, su pacto fue descubierto y no se lo pudo concretar. El Gobernador Díaz fue llevado preso a Quito.
Con la ausencia del Gobernador, debió asumir sus funciones el alcalde constitucional José María Vázquez de Noboa, quien vino a facilitar de sobremanera la causa, ya que él era a su vez
Jefe de los Patriotas. Juntos idearon un plan para abastecerse de armas, el mismo que fue ejecutado el 3 de noviembre de 1820 y consistió en desarmar a la escolta militar.
Ya con las pocas armas en su poder y comandados por Tomás Ordóñez, los patriotas se atrincheraron en la Plaza de San Sebastián junto con gran cantidad de pueblo que los apoyaba y de esta manera proclamaron la libertad e independencia de la provincia de Cuenca.
Los españoles por su lado, se replegaron con todas sus municiones en la Plaza Central y en sus
alrededores para tratar de someter a los rebeldes.
Los patriotas sin embargo, consideraron oportuno movilizar su cuartel hacia otro lugar más estratégico de la ciudad donde tuvieran mayor visibilidad y se les facilitara la recepción de refuerzos. Es así que se instalaron en el barrio de El Vecino, lugar donde se les unieron más personas que venían de lugares cercanos a la cuidad. En El Vecino se juntó con los patriotas el cura de Chuquipata, Javier Loyola, quien llegó con un gran séquito de gente.
Al día siguiente, 4 de noviembre, las autoridades y realistas españoles viéndose aislados y sin apoyo público deciden entregar las armas a los patriotas y el gobierno a la revolución.
Los triunfantes patriotas emprendieron camino desde El Vecino hacia la Plaza Central en medio de vítores, gritos y aclamaciones de libertad. Ingresaron por la calle, hoy llamada Juan Jaramillo, que antes y, debido a este acontecimiento, se la denominó calle De La Victoria.
